Sebastián Bretón es actor antofagastino y fue el primer joven chileno en 2019, en obtener la beca de estudio facilitada por Identidades Festival para fortalecer la experiencia profesional de artistas en Francia con L´Aria Córcega, Centro de Residencia de artes escénicas.

Identidades Festival conversó con él y esto fue lo que nos relato acerca de su experiencia.

¿Qué fue lo que te motivó a postular a la beca de Identidades Festival en Francia con L´Aria Córcega?

Hace mucho tiempo quería ir a Europa y no tenía un porqué exacto. Siempre pesqué mi mochila y viajé. Pero de un momento a otro quise que mis viajes tuvieran un objetivo mayor. Justo en ese instante, Alejandra nos informa que hay una chance de postular a esta beca. Y cuando me confirmaron que había sido aceptado me puse a estudiar un intensivo de francés en tres meses. Yo no hablaba nada antes, pero me las jugué.

Así fue como este encuentro en una isla se convirtió en mi gran plan, pese a la incertidumbre. Yo ya había viajado por Latinoamérica y ahora me faltaba atravesar el charco y conocer otras culturas, a otras personas… y fue fuerte. Al llegar me sentí muy latino. Reconocí en mí un fuego al contrastarme con los demás.

¿Se potenció tu identidad latinoamericana?

Sí, completamente. Y eso hizo que hubiese una especie de interés en mis compañeros por mi origen. Recuerdo que hacíamos unas vigilias, que era una instancia, los días sábados, para presentarse en pequeño formato. Y consistía en que todos los participantes, los 80 que éramos, pudiéramos mostrar una canción o un texto. Era muy bonito porque llegaban pobladores de la isla y los distintos pueblos de la montaña. Era algo muy de comunidad.  Llevaban queque, vino y conversábamos. Era muy bello.

La primera vez no me atreví a pasar, me dio susto y decidí ser espectador. Pero la segunda vez me animé y canté “El zapatero celoso”, de La Negra Ester, y a todos les encantó mi idioma español. Yo me cagué de la risa, porque nadie entendía nada y yo estaba diciendo puros garabatos. Cuando todo terminó les hice una traducción de lo que decía y nos cagamos de la risa todos juntos.

Después, hubo una segunda ocasión, donde invitaron a gente muy importante, muy elegante, todos vestidos de etiqueta y mis compañeros me pidieron cantarla. Esa vez me acompañaron con las palmas y no parábamos de reírnos mientras cantábamos. Sentí que había algo caluroso, divertido que me hacía sentir muy latino.

¿Te sentiste bienvenido en este espacio?

Sí, aunque sí que fue difícil. A veces pronunciaba algo mal y después de eso no me pescaban más. Pero en el camino fui encontrando gente que me ayudó. Me corregían y así podíamos comenzar a dialogar. Pero sí me sentí bienvenido y más latino que nunca. A pesar de que aún no tengo resuelta mi identidad, sentí claramente las particularidades de mi cultura, respecto a la de ellos.

Tomar distancia de tu territorio, más que alejarte ¿fortaleció tu raíz?  

Claro, esa distancia me hizo ver bien de dónde soy, de dónde vengo, preguntarme sobre mi tierra, sobe Antofagasta, sobre el desierto. Y comenzar a hablar con otros de mi lugar, de las estrellas, del desierto más árido del mundo, que es mi lugar de nacimiento. Y al parecer, en ese proceso, alguna luz en mí cautivaba a otros y reafirmaba mi identidad. Aunque creo que siempre habrá algo más que encontrar.

También comencé a abordar mi trabajo desde otra perspectiva, con otra sensibilidad.

¿Había otros latinoamericanos en el grupo?

Gran parte eran franceses, solo éramos tres latinos: una argentina, un brasileño y yo.

¿Cómo esta experiencia ha contribuido a tu proceso de formación profesional?

Yo en Francia tomé un taller de marionetas, dirigido por Pascal Blaison. Y antes, en Identidades tomé el taller de manipulación de objetos con Jaime Lorca en Identidades Festival – I Edición. El encuentro de estas dos experiencias y la exploración que tuve fue increíble. Aprender que el actor no es protagónico, que el ego del actor no está en primera plana, porque yo era el manipulador, el que está detrás de la marioneta, por lo tanto, el objeto es más importante en esta triada marioneta, manipulador, espectador. Esa era la clave, la llave que perpetuaba el trabajo. Eso fue muy bello. Y también la sensibilidad que uno va agarrando al traducir el movimiento natural del ser humano al llevarlo a una marioneta o a un pedazo de esponja…

…dar vida

Exactamente…Y Pascal fue muy sensible al enseñarnos a manipular, también en los ejercicios, incluso a mí me dio la misión de crear una especie de mar, que yo hice con puro material reciclado, y fue un desafío muy grande. Así como crear una pieza y actuarla en francés.

Había otra instancia que se llamaba la “chacharata”, donde le público podía acercarse a círculos de conversación con quienes habíamos actuado en las piezas. Y era muy bueno el feedback. A ellos les parecía muy interesante ver la pieza y destacaban los matices que incorporábamos los latinoamericanos.

La relación con el público, verse y escucharse permite completar el trabajo. Al escuchar al otro entiendes si ellos entraron en el juego, en la convención de la marioneta. Y la gente siempre entraba, lo aceptaba. La historia era muy bonita también. El texto lo habíamos trabajado ahí mismo en la isla, en un taller de dramaturgia. Era un apocalipsis, donde la gente sobrevivía en la punta de esa misma isla, la que podíamos ver desde allí mismo. Todo era muy grato, conectado con el territorio, con las montañas, con el bosque, con los animales.

Crear en ese territorio era muy grato. Estudiar mis líneas en el río. Escuchar el agua, escuchar a otros hablar a lo lejos francés mientras yo practicaba mi francés…fue todo muy lindo.

La ciudad te demanda ciertos tiempos y ritmos que te hacen postergar cosas, estar ciego y actuar mecánicamente. Pero la manera de aprender en ese lugar te hace sentir en el presente. Disfrutar del presente. Y estar en el presente es precisamente algo que siempre ha buscado el teatro.

¿Ese es uno de tus aprendizajes?

Totalmente. Ahora lo tomo como consigna de vida. Me quiero seguir moviendo fuera de la ciudad. Seguir aprendiendo y viajando.

Estar lejos de tu familia, de tu territorio es una tarea difícil, pero el premio es que te ayuda a comprender y estar en el presente.

Mi conexión con la naturaleza es de muy chico. Lo aprendí en el desierto, mirando el mar, los atardeceres, las estrellas, ahí entendí el amor por la naturaleza. Y aquí lo fortalecí, mezclado con el arte, con el teatro.

Esta fue una experiencia muy fortalecedora. Un desafío muy difícil, no fue fácil. Al principio estaba muy tímido, hablaba muy poquito francés, a la cuarta semana ya me solté y solo practicando comencé a avanzar.

El día que estrenamos había una luna llena increíble en medio de la naturaleza. Serge Nicolaï es un hombre muy dedicado al teatro y es fácil aprender mucho de él. Ese día vio lo que estábamos haciendo y él mismo construyó el piso del escenario para que podamos actuar ahí mismo, junto a la montaña y mirando a la luna.

Esa tarde tuve un flashback de todo, de Identidades Festival, de mi familia, de mis amigos, de La Huella Teatro… vi mucha vida antes de iniciar la pieza.

…¿gratitud?

Sí. Y muy emocionante. Nunca pensé que estaría ahí. No me lo creía. Nunca pensé que actuaría en Francia. Desde ese día agradezco mucho a Alejandra y a Identidades Festival porque me dieron esta oportunidad. Esto me dio otro aire como profesional. Un giro. Algo cambió completamente tras ese viaje, tanto en lo teatral como en lo personal.

A propósito del vínculo con la naturaleza, que harto has mencionado.

¿Nos falta volver a mirar más hacia la naturaleza?

Creo que tiene que ver con ser más simples. Ser simple. De pronto nos ahogamos en un vaso de agua y la solución está en saber disfrutar el momento presente. Hay que volver a esa simpleza.

Dejar de pensar en lo que van a decir de mí. En que debo tener ciertos resultados, eso aprendí allí. La simpleza. Algo que a veces parece muy difícil en el mundo del teatro.

La simpleza y estar en el momento presente, dices.  ¿Sientes que esos dos aspectos no se manifestaron tan claramente en tu formación en Chile?

No, porque uno viene de la escuela con esto de ser el buen alumno, el que responde a lo que le están pidiendo. Y no se pierde, porque cree que perderse es malo. Hay que perderse, salir a territorios desconocidos y aprender a no medirlo todo solo con bueno o malo.

Desaprender…

En Chile, ¿cómo afecta a los procesos creativos la urgencia de rendir resultados?

El estudiante, el artista, la persona que se guía por eso puede matar su trabajo o quedarse en un lugar no muy fértil creativo. Uno debe disfrutar lo que hace, sino es muy posible que sea un trabajo perdido.

Hay que salirse de eso. Salirse de los patrones, de lo que te enseñaron. Esas son convenciones de compañías más privilegiadas. Y hay un hilo mucho más simple que hace muy bello el trabajo. No se trata de ser exitoso o de estar en la mejor compañía. Para completarse como artista, me parece más interesante el cómo uno aborda su trabajo creativo. Un territorio fértil para la creación, de seguro, está con quien pueda desprenderse de todos los aprendizajes tradicionalmente estructurados. Está del lado de quien se ha perdido y se ha encontrado.

Finalmente, y volviendo al tema de la identidad ¿con qué ideas nuevas te quedas?

La identidad se transforma con el tiempo y las experiencias. Tomas elementos de otras culturas y valoras otros de la tuya. Dejas algunas cosas atrás e integras otras. Eso pasa en cada lugar donde te mueves. Antes pensaba que la identidad era estática, pero ahora creo que cuando estás en un lugar nuevo te completas, calzan piezas, entonces se potencian algunas ideas y abandonas otras, también.

Por Lorena Alvarez